Alcantara



Componentes:

Michel, Elena, Monica…

Color de Capa

La Orden de Alcantara

La Orden de Alc�ntara surgi� en Le�n a mediados del siglo XII (1177) con el nombre de San Juli�n de Pereiro, para oponerse al peligro almohade. En 1218 recibi� los bienes que pose�a en el reino de Le�n la Orden de Calatrava, entre ellos la poblaci�n de Alcantara. A ra�z del establecimiento de su sede central en esta villa, el primitivo nombre de Orden de San Juli�n fue desapareciendo hasta que en 1253 sus maestres se titulaban “maestres de la orden de Alc�ntara”.

La �rden de Alc�ntara ejerci� su actividad principalmente en la zona extreme�a, donde se concentraban la mayor parte de sus posesiones: Navasfr�as, Valencia de Alc�ntara, comarca de la Serena, Trujillo, Zalamea, etc. Particip� en las campa�as andaluzas de Fernando III, aunque apenas recibi� donaciones en esta regi�n. Particip� tambi�n en la lucha entre Pedro I el Cruel y Enrique de Trast�mara, aunque la potencia militar de la Orden fue menor que la de sus hermanas de Santiago y Calatrava debido a sus menores posesiones territoriales y, en consecuencia, su menor poder econ�mico. Finaliz� su actividad militar a comienzos del siglo XV, tras ser derrotada en Granada. Ser� en 1494 cuando los Reyes Cat�licos logren la administraci�n de sus bienes.


Orden de Montegaudio

Componentes:

Pe�a el Limite

Color de Capa:

Negra

ORDEN DE MONTE GAUDIO

LA ORDEN DE MONTE GAUDIO. LOS TEMPLARIOS. ORDEN DE SAN JUAN DEL HOSPITAL.

Don Rodrigo Alvarez, tercer conde de Sarri�, hijo de don Alvaro Rodriguez, segundo conde del mismo t�tulo, y de la infanta Do�a Sancha, hermana de Alfonso VII, el 9 de Julio de 1172 renunci� ante el cardenal Jacinto al h�bito de Santiago, de cuya Orden fue fundador y comendador mayor. Obtuvo licencia del legado pontificio para pasar a la nueva Orden de Monte Gaudio, que se hab�a de regir con la regla del Cister, m�s estrecha que la de San Agust�n, por la que se reg�a la Orden de Santiago, que acababa de dejar. Dicha nueva Orden fue aprobada por el Papa Alejandro III el 24 de Diciembre de 1173, quien dio para su r�gimen espiritual la regla del Cister. El conde Don Rodrigo, que se considera el fundador de esta Orden, vivi� en su juventud una vida disipada.

Monte Gaudio, nombre titular de la nueva Orden, es un monte situado en la parte oriental del Medirerr�neo, a 895 metros sobre el nivel del mar. Seg�n algunos historiadores, all� administrar�a justicia el profeta Samuel. Los peregrinos que viajaban a Tierra Santa en la Edad Media procedentes de Europa, habiendo pasado Siria, al llegar a este monte ve�an por primera vez, de un golpe de vista, desde sus cumbre, toda Palestina, con Jerusalen a sus pies. El principal fin de esta Orden del Monte Gaudio era proteger a dichos peregrinos, as� como acudir a los sitios en donde fuera solicitada su ayuda en defensa de la cristiandad. En el Monte Gaudio situ� su casa principal el fundador don Rodrigo, haci�ndola dependiente de la casa central del Cister. El 2 de Octubre de 1187 Saladino conquist� Jerusalen y la Orden de Monte Gaudio tuvo que abandonar su casa fundacional y establecer su casa central en Alfambra. En octubre del 1188 Alfonso II, viendo la decadencia de la Orden le encomienda otros dos fines: el de hospitalaria y el de redentora, para redimir a los cristianos que cayeran en manos de los moros. Le da el nombre de San Redentor y como casa principal el Hospital de San Redentor que hab�a fundado en Teruel en la plaza de San Juan, en 1178. En esta orden hab�a caballeros de muchas nacionalidades y faltando la necesaria disciplina entre ellos vio el rey que la defensa de la frotera de Arag�n corria serio peligro. As� decide disolverla en 1196 cediendo a la Orden de Los Templarios todas las posesiones de la antigua orden. La fecha exacta de la fundaci�n de la Orden del Temple no se conoce , pero la mayor parte de los tratadistas la sit�an entre 1119 y 1120. Durante todo el siglo XII entre Castilla y Arag�n la vida se mueve en ambiente de cruza y ah� es donde tienen su papel las Ordenes militares que viven en Arag�n, concretamente la del Hospital y la del Templo. La Orden del Temple con el paso de los a�os va siendo una orden rica y a comienzos del siglo XIV (1305-1307) y son acusados calumniosamente ante la Corte del rey franc�s Felipe IV de omisi�n de la consagraci�n, de besos impuros en los rituales, de sodom�a, de negaci�n de Cristo…Felipe IV comenz� este proceso con el prop�sito de apoderarse de la riquezas templarias y as� el Papa Clemente V la disolvi�. La heredera de los bienes de los templarios fue la Orden de San Juan del Hospital. En Arag�n todos los castillos templarios fueron entregados a dicha orden en 1317, pero Jaime II para evitar el excesivo agrandamiento de dicha orden crea otra nueva ( La de Montesa) en 1319. Los Templarios se acomodaron en diversos trabajos y morir�an diseminados por distintas ordenes.

Algunos dicen que la Orden de Montegaudio naci� en Jerusal�n al amparo del Temple pero lo cierto es que se desarrolla en Arag�n y en Castilla tomando aqu� el nombre de Monfrag porque su maestre don Rodrigo �lvarez de Sarria era caballero de la Espada y por tanto aliado y socio de don Pedro Fern�ndez de Fuenteencalada

Fernando II ten�a un pasillo para llegar a Coria por la calzada romana de la Guinea, los caballeros de Montegaudio con su maestre el conde de Sarria ten�an controlada la zona oriental castellana de la Calzada desde su castillo de Segura (de Toro), los cofrades de la Espada con su maestre Fuenteencalada atienden la raya mora de la Trasierra Occidental fortific�ndose en Granada (Granadilla), Palomero, Santa Cruz y Atalaya, guardando el pasillo de Coria en plena frontera con los moros de Portezuelo, Ceclav�n y la Sierra de Gata.

Este mismo a�o el rey de Portugal Alfonso Enrique hace donaci�n “a favor del Conde Rodrigo �lvarez de Soria (quiere decir de Sarria), Cavallero del Orden de Santiago, y al primer Maestre de ella Don Pedro Fern�ndez, y a su Religi�n, de los t�rminos de la villa, y el Castillo de Abrahantes, en el que se se�alan varios linderos, y entre ellos bienes de la Orden del Templo

En este a�o de 1180 es aprobada por el papa Alejandro III la Orden de Montegaudio bajo la regla del C�ster, y cierta donaci�n dice de ellos: “…A vos don Rodrigo Gonz�lez, Maestre de Monfrac, de la Orden de Montegaudio”.

Durante el reinado de Alfonso VIII (1158-1214), el Papa Alejandro III firma en 1175 la aprobaci�n de la Orden Militar de Santiago, evoluci�n de la Orden de los Frates de C�ceres (1170), fundada por Pedro Fern�ndez, quien a su vez hab�a recibido el encargo por parte del Rey Fernando II de Le�n, de la defensa de la reci�n conquistada ciudad de Santiago. Los Santiaguistas colaboraron activamente en la Reconquista y la repoblaci�n. Alfonso VIII les cedi� Ucles (1174), Moya y Mira (1211), a las que luego se sumaron Osa, Montiel y Alfambra

Uno de los fundadores de la Orden de Santiago se separo a los pocos a�os y creo la Orden de Santa Mar�a de Montegaudio, de regla mas r�gida, unida luego al C�ster y conocida como Orden de Monsfrague, hasta su fusi�n con la Orden de Calatrava.
Orden de Montegaudio.

Orden regular hospitalaria religiosa y militar, que fue aprobada en 1180 por el papa Alejandro III con el nombre de Monte-Gaudio, otorg�ndole la regla de San Basilio. Se instituy� con motivo de que un grupo de caballeros cristianos que se dedicaban voluntariamente a la custodia del Monte-Gioia o Monte-Gaudio -un lugar de peregrinaci�n- se hicieron c�lebres por los socorros que prestaban a los peregrinos y por sus acciones piadosas. Tras la ocupaci�n de la Tierra Santa por parte de los musulmanes, los caballeros de la orden se retiraron a Espa�a, y se asentaron en los reinos de Castilla y de Valencia, donde el rey Alfonso IX les dio el castillo de Mont-franch y las posesiones de Trujillo. Los caballeros de Monte-Gaudio aceptaron esta donaci�n y, en reconocimiento, defendieron al rey Alfonso en las luchas que hubo de mantener contra los ataques de los musulmanes.

Adem�s, para conservar un recuerdo de las liberalidades que les hab�a prodigado el rey, resolvieron cambiar el nombre de la orden por el de Mont-franch.
Por los a�os 1220-1230, el rey Fernando incorpor� esta orden a la de Calatrava. Su divisa era una cruz oct�gona de gules.
El primero, en el reino de Castilla, tiene complejos or�genes. En 1195, ante el avance musulm�n, la Orden de la Alc�ntara abandon� sin lucha la defensa de Trujillo (C�ceres). Por esta deserci�n el rey, Alfonso VIII, les quit� varias posesiones; entre ellas el castillo de Ronda (Toledo), que dio a la Orden de Montegaudio. Pero al a�o siguiente esta peque�a orden fue anexionada al Temple y, aunque una fracci�n se opuso, los templarios tomaron posesi�n, por la fuerza, de granjas, castillos, etc. Entre �stos el nombrado de Ronda, aunque para complicar m�s el asunto el rey dio gran parte del pueblo y sus tierras a la Orden de Calatrava.

Curiosamente, en 1221, la citada facci�n de Montegaudio fue obligada a integrarse en la de Calatrava. Nuevamente una parte se rebel� contra la fusi�n, se encerr� en sus posesiones y las entreg� a los templarios, alegando aceptar la anexi�n previa que rechazaron en 1196. As�, el Temple entra en posesi�n �legal� de Ronda, que ya pose�a manu militari, adem�s de El Carpio de Tajo y Montalb�n. En esta �ltima fundaron una encomienda poderosa por partida triple: en lo militar, por su castillo; en lo econ�mico, por los pastos, ganados, colmenas y el paso de barcas del Tajo; y en lo espiritual, por los c�lebres santuarios de las V�rgenes Negras de Melque, Nov�s y Ronda, adem�s de la capilla y fuente milagrosa de San Mill�n, un donado templario que la leyenda considera hijo de san Isidro y santa Mar�a de la Cabeza, patronos templarios de Madrid (A�O / CERO, 70).

Hoy, en lo alto del cabezo quedan los restos del Castillo y la efigie del Sagrado Coraz�n, que quiere recordar la de R�o de Janeiro. Seg�n Gazulla (1928) el Castillo fue conquistado por Alfonso II en 1169 y donado a la Orden Militar del Santo Redentor de Alfambra o del Monte Gaudio, que hab�a fundado Rodrigo de Sarria, caballero gallego que lleg� a Arag�n en el s�quito de la reina Sancha, hija de Alfonso VIII de Castilla

Orden de Monsfrag o Monfrague

Componentes:

Aniceto, Brisa y compa�ia…en total 10.

Color de capa:

Verde

ORDEN DE MONS-FRAG, MONT-FRAG o MONS-FRANCH

A�n creadas dos nuevas �rdenes militares en la d�cada de los 70, pr�cticamente al mismo tiempo. Una de ellas fue la orden de Montegaudio, a la que desde 1188 encontramos ya dividida en dos ramas, la aragonesa, fusionada con un hospital turolense bajo el nombre de orden del Santo Redentor de Alfambra e incorporada al Temple desde 1196, y la castellana, rebautizada como orden de Monfrag�e y unida a la de Calatrava a partir de 1221.

Menos complicada es la trayectoria de la segunda fundaci�n a la que antes alud�amos, la orden de Alcal� de la Selva. Se trata, en este caso, de un ejemplar de militarizaci�n posterior de una orden carente en su inicio de tal car�cter, al estilo de las frecuentes transformaciones que se produc�an en Tierra Santa.

Los selvenses constitu�an una fundaci�n benedictina radicada en el monasterio burdegalense de Grande-Sauve y extendida por tierras oscenses y zaragozanas desde finales del siglo XI. Ser�a Alfonso II quien, entreg�ndoles la fortaleza turolense de Alcal� en 1174, les dotar�a de su car�cter militar hasta su oscura disoluci�n a mediados, o quiz� segunda mitad del siglo XIV.

Temple

Componentes:

Pe�a el Kontacto y el Kalambrazo.

Color de capa:

Verde

ORDEN DEL TEMPLE

La denominaci�n era orden de los Pobres Caballeros de Cristo (tambi�n Orden del Temple). Fueron conocidos popularmente como los Caballeros del Templo de Salom�n, o Caballeros Templarios, porque su primer palacio en Jerusal�n era adyacente a un edificio conocido en esa �poca como el Templo de Salom�n.

Se trata de una Orden c�lebre por su poder y riquezas as� como por su final, una terminaci�n ba�ada de sangre.

Fueron sus miembros due�os de innumerables castillos, fortalezas, tierras y villas, favoritos de los reyes y temidos por estos. Su establecimiento data del siglo XII, una �poca en que era costumbre entre los cristianos realizar una visita en peregrinaci�n a Tierra Santa.Sol�an desembarcar en el puerto de Baifa y, desde dicho lugar efectuaban el camino por tierra hasta Jerusal�n. Pero la ruta era muy insegura, plagada de bandidos y por esta causa la p�rdida de la vida o la libertad eran, muy a menudo, el premio que los peregrinos obten�an por su acentuada fe.

Por la �poca de referencia reinaba en Jerusal�n como su soberano el Conde Balduino, hermano del Conquistador de la ciudad Godofredo de Bouill�n.

En el a�o 1118, nueve caballeros dirigidos por Hugo de Pays se presentaron ante el rey Balduino II,reci�n coronado, manifestando su deseo de asegurar la custodia de los peregrinos que iban a Jerusal�n.El rey los acept� cedi�ndoles, para vivir, una parte de su palacio situado en el emplazamiento del templode Salom�n. Ante el patriarca de Jerusal�n, Gordond de Piquigny, efectuan los tres votos “pobreza, castidad y obediencia” y como ocupan el templo de Salom�n, son llamados “los caballeros del Temple”. Esta es la historia oficial de la creaci�n de la Orden del Temple, adoptando la divisa: “nom nobis Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam” (Nada para nosotros, Se�or, nada para nosotros, sino
por la gloria de tu nombre).

Desde el comienzo, la orden deja bien claro de que se trata de una caballer�a militar y as� reza en sus estatutos. “Siempre deber�n aceptar el combate contra los herejes aunque est�n en proporci�n de tres a uno”. En cuanto a su obligaciones, entre otras, se dictan las siguientes: “Comer�n carne tres veces por semana. Los d�as que no coman de ella, podr�n comer tres platos” y en lo que se refiere al aspecto religioso, su obligaci�n consiste en comulgar tres veces al a�o, o�r misa tres veces por semana y hacer limosna tres veces por semana.

La Regla se la dio San Bernardo y su creaci�n se llev� a efecto en el Concilio de Troyes, aprobada por el Papa Honorio II y confirmada por Eugenio III en el a�o 1158. En el h�bito, los templarios llevaron una cruz roja que conservaron hasta su extinci�n. Su bandera era blanca y negra, denotando el primer color la candidez y la confianza para los amigos y el segundo, la fiereza con que deb�an infundir el terror entre sus enemigos. En el a�o 1130, los templarios ya constitu�an un verdadero Ej�rcito y as� lo hace constar San Bernardo cuando manifiesta: “Ha aparecido una nueva caballer�a en la tierra de la Encarnaci�n. Es nueva y a�n no ha sido probada en el mundo, en el que desarrolla un doble combate tanto contra sus adversarios de carne y de sangre, como contra el esp�ritu del mal. Y a los que combaten contra los vicios y los demonios, yo los llamo maravillosos y dignos de todas las alabanzas debidas a los
religiosos”.

Pero el cuadro que San Bernardo hace de los templarios no est� lleno que se diga de colores muy atrayentes: “Afeitan sus cabellos, jam�s se les ve peinados, raramente lavados, la barba hirsuta, apestando a polvo, sucios a causa de sus arneses y el calor. Entre ellos los hay malvados, imp�os, raptores, sacr�legos, homicidas, perjuros y ad�lteros. En ello hay una doble ventaja. La partida de esa gente es una liberaci�n para el pa�s y Oriente se alegrar� de su llegada a causa de los servicios que all� podr�n realizar”. M�s de veinte veces, las milicias del Temple salvar�n a Tierra Santa de la invasi�n de los sarracenos y seis de sus grandes maestres mueren en combate. En Oriente contribuyen al provecho de la acciones b�licas, pillaje incluido. Y en Occidente aumentan las donaciones hacia el Temple. Los grandes se�ores convierten al Temple en su heredero. Hasta el propio rey de Arag�n quiere donar su reino a los templarios. El clero secular se opuso a ello, de no ser as� se hubiera producido una curiosa experiencia. Un pa�s entero dirigido por una caballer�a religiosa. En Oriente, la Orden es un ej�rcito en combate; en Occidente, una organizaci�n monacal cuyos miembros est�n armados para la defensa.

El apoyo que San Bernardo dio a la Orden hizo que fuera favorecida por los se�ores feudales y que sus caballeros se extendieran por toda Europa y que en sus numerosos monasterios llegaran las generosas donaciones continuamente hasta el punto de convertir a la Orden del Temple en la comunidad m�s rica y poderosa de Occidente. En Francia tuvo su natural asiento sobrepasando en poder y riqueza a cuanto hasta entonces se hab�a conocido, rivalizando sus grandes maestres con los reyes. Ciertamente, el Temple tuvo muchos amigos, pero tampoco le faltaron encarnizados adversarios. Guillermo de Nacy, dos a�os despu�s de muerto San Bernardo, cuenta de la Orden hechos atroces, llega a acusar a sus miembros de sodomitas afirmando que uno de los ritos se basaba en el beso que el que pretend�a entrar en la Orden deb�a propinar en el miembro viril del gran maestre. Eduardo de Vitry, en el siglo XIII dice de los templarios: “Educados en las delicias y vicios del Oriente, su orgullo no tiene l�mites. Yo lo s� y lo s� de buen origen que algunos sultanes han sido recibidos en la orden permitiendo que celebren sus ritos supersticiosos y presten su adoraci�n al falso profeta Mahoma”.

“Beber como un templario” era un dicho com�n en aquella �poca y en el siglo XV se aseguraba que casa de templario y casa de prostituci�n era la misma cosa pues la Orden manten�a burdeles abiertos para beneficiarse con los ingresos que obten�an de tal negocio. En Espa�a, los reyes Alfonso VII “el Emperador” y Alfonso I “el Batallador” en Castilla y Arag�n respectivamente, protegieron a los templarios otorgando a la Orden cuantiosas d�divas y recompensas. Hubo un momento en que la orden del Temple sobrepuj� a las Ordenes de Caballer�a, de Calatrava y Alc�ntara hasta el punto de que cuando los otros ten�an un convento, los templarios pose�an diez. Pero tambi�n es cierto que los caballeros del Temple participaban en todas las batallas contra los moros lo que ocasion� que los reyes, agradecidos por su inestimable ayuda, les fueran otorgando cada vez mayor n�mero de villas, castillos, tierras y riquezas. Bajo tales auspicios, el n�mero de individuos que compon�an la Orden aumentaba sin cesar siendo el gran maestre de la Orden el mayor se�or de toda la Cristiandad, despu�s del Papa, los emperadores y los reyes.

Su final se encuentra rodeado de la violencia, la sangre, la tortura y la muerte. Y uno de los acontecimientos m�s graves de la Edad Media es la disoluci�n de la Orden por decisi�n del Papa, as� como el proceso contra los principales caballeros del Temple, su prisi�n, y su tortura para obligarlos a confesar los atroces delitos de que fueron acusados. Su ca�da engendr� una duda que a�n hoy se mantiene. �Era la Orden del Temple culpable de los atroces delitos de que fue acusada o por el contrario todo se debi� a una baja y rastrera pol�tica de Estado por parte del rey Felipe el Hermoso de Francia, o todo se debi� a la envidia de dicho soberano hacia la Orden y su deseo de apoderarse de sus riquezas?.

Aquellos tiempos resultan algo dif�ciles de comprender hoy, con unos monarcas que no se deten�an ante los medios m�s bajos y vituperables cuando se obstinaban en el logro de sus caprichos y la satisfacci�n de su inagotable sed de riquezas. Entonces, a la opini�n p�blica no se la ten�a en cuenta para nada, era como si no existiera y la justicia era burlada una y otra vez precisamente por aquellos que m�s obligaci�n ten�an de
respetarla y hacerla cumplir.

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