Montesa

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ORDEN DE MONTESA

La Orden de Montesa (o de Nuestra Se�ora) fue creada por el rey D. Jaime II de Arag�n (1260 - 1327), y aprobada por el Papa Juan XXII de fecha 10 de junio de 1317, v�speras del ap�stol San Bernab�, que empieza con las siguientes palabras: “Pia Matris Ecclesia cura, de fidelium salute solicita”, pero el verdadero fundador y creador de la orden fue como ya hemos dichos fue Jaime II, quien les cedi� el castillo de Montesa, enclavado en territorio valenciano, frontera con los sarracenos de aquella parte.

Y de all� habr�an de partir los caballeros de la Orden que se denomin� de Santa Mar�a de Montesa. Pero las dificultades no fueron pocas. Los jueces ejecutores, de la bula pontificia, iban dando largas al asunto, motivados por sus particulares intereses que les hac�an caer en continuas discrepancias. Y es que hab�a una gran dificultad: seg�n la bula de fundaci�n, era al Maestre de Calatrava a quien le correspond�a la creaci�n de la nueva Orden y el armar caballeros y hacer vestir el h�bito a los caballeros montesanos. El rey D. Jaime, con tiempo, hab�a escrito al Maestre calatravo para que apresurara su acci�n, pero este que hac�a muy poco caso a su rey natural, que era el de Castilla, y much�simo menos a otro monarca extra�o, como era el de Arag�n, ni se dign� contestar a aquellas cartas. Torn� a escribir el rey y tampoco obtuvo contestaci�n, lo que no deb�a extra�arle porque el Papa tambi�n se hab�a dirigido al Maestre de Calatrava sin que este se dignara darle una respuesta. El rey se dirigi� al Papa para que apremiara al desobediente calatravo. El Pont�fice pas� el encargo al arzobispo de Valencia y a este prelado le sucedi� exactamente lo mismo cuando trat� de comunicarse con el Maestre de Calatrava.

El arzobispo de Valencia, harto ante aquel silencio, decidi� cortar por lo sano y envi� a Castilla, en busca del Maestre calatravo, al Abad del Monasterio de Nuestra Se�ora de Benifaz�, de la Orden del Cister. Este buen prelado hall� al Maestre en la villa de Martos. Ante las pretensiones del reci�n llegado, se neg� a acudir a Valencia, alegando sus obligaciones para la custodia de la frontera que su rey le ten�a encomendada. En cuanto a lo de no contestar a las cartas, el Maestre alegaba que �l era hombre de espada y no de pluma y que obedec�a mejor las �rdenes del Papa matando moros que perdiendo el tiempo creando una nueva orden Militar. Y lo que lat�a en el fondo de todo aquel asunto era que a la Orden de Calatrava no le sentaba muy bien ceder las posesiones de Arag�n a otra Orden y hasta contemplaba con horror la citada fundaci�n de Montesa. Al fin, cedi�, enviando a Valencia a un procurador suyo, don Gonzalo G�mez.

Se acab� nombrando primer Maestre de la nueva Orden a don Guill�n de Eril, hombre ya anciano, pero muy experimentado en las artes militares y no cediendo a nadie en nobleza porque descend�a nada menos que don Berenguer Roger de Eril, uno de los llamados “Nueve de la Fama”, en Catalu�a. Poco le dur� el cargo a Eril, porque a los setenta d�as de haber sido elegido, entregaba su alma a Dios. El segundo fue D. Arnaldo de Soler, que tampoco dej� gran huella en la reci�n creada Orden. El tercero fue don Pedro de Thous y este s� que fue distinto porque era hombre acostumbrado a la brega y no le asustaba batalla m�s o menos. Particip� en la batalla de las Navas de Tolosa y tal ser�a su ayuda, que el rey se la agradeci� mucho, teni�ndolo a partir de entonces en mucha estima.

Le sucedi� otro Maestre que prest� muy buenos servicios al rey de Arag�n, D. Pedro “el Ceremonioso”. Se hallaba el reino de Valencia alborotado por la sublevaci�n denominada, de “la Uni�n”, por la que algunos nobles valencianos, apoy�ndose en el pueblo, deseaban emanciparse de la tutela del Reino de Arag�n, constituy�ndose en Reino independiente. Raz�n ten�an los valencianos en sus justas quejas y los muchos agravios sufridos. Encomend�, el rey de Arag�n, al Maestre de Montesa que metiera en cintura a los sediciosos. De esta guerra a la que se llam�, de la Uni�n, no hablaremos. Est� en la historia. �nicamente diremos que los montesanos fueron baza muy importante para que el rey don Pedro, de Arag�n, venciera a los sublevados de Valencia. A la hora del castigo, utiliz� un m�todo muy especial. No hizo que el verdugo, o los verdugos, utilizaran la espada ni el hacha para decapitar a los jefes de la Uni�n. Tampoco los ahorc�. Resulta que hab�a una gran campana que utilizaban los unionistas para llamar a sus Juntas. El rey Pedro, “el Ceremonioso”, hizo que esta campana fuera fundida y a los principales cabecillas les hizo tragar el bronce derretido.

Como en las otras Ordenes Militares, en esta tambi�n existieron Maestres cuyo final fue bastante lastimoso. Al d�cimo, don Felipe Vivas de Ca�am�s, sin que se sepa por qu�, unos asesinos le dieron veneno. Pas� el s�ptimo que fue D. Gilaberto de Monsaviu, que dio paso al octavo Maestre, D. Luis Duspuig. Fue un hombre que conquist� para la Corona de Arag�n el reino de N�poles. Estuvo en todas las empresas, que fueron muchas, de Italia. Tom� por su esfuerzo a Bicari, escalando la muralla y en ella se mantuvo mucho tiempo en medio de los dardos que le disparaban. Y como el terreno era resbaladizo y apenas si se pod�a sostener, se hizo sostener por las puntas de las lanzas de sus caballeros. Permaneci� fiel al rey, don Juan II, en cuantas turbulencias tuvieron efecto en su reinado. La Orden de Montesa se convirti� en la principal fuerza militar defensora del Trono.

Pero ya los reyes comenzaban a tomar parte activa en la elecci�n de los Maestres. A la muerte del Maestre Duspuig, la Orden nombr� nuevo Maestre a D. Felipe D�az de Ca�am�s, pero el rey Fernando “el Cat�lico”, impuso, como tal, a don Felipe de Arag�n y Navarra, sobrino suyo, as� que revocando el anterior nombramiento dio el cargo a su pariente. Ahora que entraban don Fernando y do�a Isabel en el �ltimo acto de la conquista de Granada, el nuevo Maestre de Montesa al frente sus caballeros fue el primero en el peligro y el m�s valiente en la batalla. Cerc� y tom� a Vera. Pas� a Muxacar, cerca de Cartagena y asimismo la rindi�. Innumerables plazas fuertes sucumbieron ante el ataque de los caballeros de Montesa y pasando a mayores, el Maestre y los suyos llegaron hasta Baza. All� se dio una fuerte batalla. Peleaban los montesanos para vencer, pero las huestes de moros que se le enfrentaron eran mucho m�s numerosas que ellos y peleaban con gran fiereza. Hubo que iniciar la retirada, pero desconociendo el terreno, muchos se perd�an, para caer muertos a lanzazos por los moros. En aquellos momentos no le falt� el valor al Maestre, pero un arcabuzazo disparado a poca distancia puso fin a su vida y a sus proezas, cuando s�lo contaba treinta y dos a�os. Y llegamos al �ltimo Maestre, D. Pedro Luis Garcer�n de Boria, electo a los diecisiete a�os. Fue un valiente y leal servidor del rey Felipe II, alcanzando las m�s famosas dignidades y altos empleos. Pero, al cabo de alg�n tiempo, renunci� al maestrazgo en favor del rey pidiendo al Pont�fice que incorporara la Orden de Montesa a la Corona. As� se hizo por una bula de Sixto V expedida en Roma siendo el 15 de marzo de 1587, que daba por concluida la dignidad del Maestre. Acab� la Orden de Montesa como Caballer�a Militar y desde aquel momento qued� incorporada al Estado. Su carrera no fue muy larga, pero su gloria, s� fue grande. Tuvo Maestres que fueron valerosos caballeros, dignos de toda alabanza y sus miembros siempre se caracterizaron por su culto al honor. Vivi� dos siglos y medio para entrar en la Historia de Espa�a. Y, en realidad, si muri� como organizaci�n religiosa-militar, no lo hizo como entidad honor�fica: Vive y vivir� su bandera, la Cruz de San Jorge, como memoria de sus haza�as.